Contemplando o interpretando, cada uno de nosotros proyecta sobre el paisaje el resultado de sus propias vivencias.

El paisaje como construcción de nuestra mirada, mirada que se afirma en la experiencia de lo próximo o que se eleva sobre el horizonte imaginando una nueva realidad. Y la mirada también como elemento que construye el paisaje, mirada que inventa y habita los lugares desde la perspectiva del que observa el lugar: mirada que no se presenta en blanco ante el paisaje contemplado, si no con la impronta de los recuerdos, la sabiduría o los perjuicios.

Al paisaje se enraízan firmemente algunos de nuestros sentimientos más íntimos: la tierra que nos vio nacer, el lugar donde crecimos y nos sorprendimos al primer conocimiento, el terreno surcado por las cicatrices de nuestros dolores, pero que también se ilumina con la luz de nuestras alegrías. Territorios habitados por los recuerdos y también desolados parajes que nos inquietan.

Polvo de caminos gastados en mil recorridos de ida y vuelta, fango de recónditas ciénagas donde no tendríamos que haber estado nunca. Paisaje urbano que nunca recorremos solos y estrechas callejuelas nada aconsejables. No hay nada más posesivo que el paisaje, que se fija y enreda en cada vida de forma diferente. Un escenario diferente para cada vida.

Niebla sobre montaña verde

Ariadna Silva Fernández- Fillos do vento, 2017 (Reproducida por cortesía del autora)

 

paisaje en tonos amarillos

Yatir Fernández – Presente, 2017 (Reproducida por cortesía del autor)

 

Paisaje marítimo

Rosa Isabel Vázquez – Sea Planet, 2010 (Reproducida por cortesía del autora)

 

Paisaje de campo en blanco y negro

Israel Ariño – Tierra incognita, 2012 (Reproducida por cortesía del autor)

La ciudad como territorio distorsionado, espacio inventado y virtual, que se obstina en hacernos olvidar cualquier utopía o fantasía pastoral, última frontera para el fotógrafo de paisaje -las connotaciones del término “paisaje” se me antojan incorrectas en el contexto urbano. Manipulación intencionada del espacio para proyectar ilusión de libertad. Necios esclavos del engaño, movemos la rueda que mantiene en movimiento la ciudad para simular la vida.

Todo es falso en la ciudad: árboles con raíces atrapadas bajo el asfalto, manantiales domesticados por el cemento, nubes de plomo y azufre… Verdades y mentiras que se confunden para hacernos más confortable la vida. ¿Y las fronteras internas de la ciudad? una retícula de cerraduras y prohibiciones, que nos mantienen a salvo y organizados.

La ciudad como un gran archipiélago de vidas, donde cada uno se afana en sobrevivir aislado en su propia isla.

Tienda de campaña en lo alto del monte con paisaje urbano de fondo

Jorge Lens – Atenas (2017), de la serie City Blues. (Reproducida por cortesía del autor)

 

Vaya publicitaria sobre paisaje

Carme Nogueira – “Nos camiños”, 2007. Intervención en valla publicitaria y site specific (Reproducida por cortesía del autora)

No existe un paisaje más subjetivo que aquel que existe solo en nuestra imaginación. En los más benignos sueños de los moradores de las ciudades, crece la idea bucólica de la vida feliz en el campo, libre por fin de las pesadas cadenas de la rutina urbana… Quizá este idílico retorno a la arcadia  es más una proyección de la frustración del urbanita alienado que la noble aspiración de un espíritu libre. Pero también habrá quien haciendo el viaje contrario, impulsado por la promesa de una vida repleta de posibilidades, mantenga la nostalgia anclada en aquella Tierra que dejó atrás… Otro habrá que mantenga el recuerdo infantil de los veranos en la aldea, en la que la vida relajada/regalada solamente traía cosas buenas.

Entre tanto el paisaje imaginado o recordado, alimentado por el deseo adquiere una nueva dimensión, lo ausente y lo perdido se fortalecen en nuestra imaginación, deseos y esperanzas que muy pocos alcanzarán a satisfacer.

Pero los paisajes imaginados son muy traicioneros, y solo dejarán ver su verdadera “topografía” cuando se despejen aquellas sublimes neblinas en las que se adormecían nuestros pensamientos y fantasías. Lo que para uno es un perro, para otro es un can.

Paisaje con espejo reflejado

Eva Díez, Lugar de ausencia (2018) (Reproducida por cortesía del autora)

 

Dos fotografías con una carretera y una casa

Roberto de la Torre, “La historia entre el gato y la carretera no es siempre la misma” (2016) De la serie “Miscelánea”
(Reproducida por cortesía del autor)

 

Agricultores dándose la mano en el campo

Valiente Verde, de la serie Massai Rural (2016) (Reproducida por cortesía del autor)

 

Árbol en mitad de paisaje con niebla

Aida Pascual, Arcadia (2016) “El paisaje se fue levantando dulcemente; sobre el paisaje, suspendido en el aire, flotaba mi espíritu, libre de ataduras, nacido de nuevo” Novalis, Himnos a la noche
(Reproducida por cortesía del autora)

Blas González
Blas González (1962) desarrolla su actividad como fotógrafo en España y Reino Unido donde completa su formación académica –BA (Hons) Photography- desde 2014 en la University for the Creative Arts (UK) bajo la supervisión de Robert Bloomfield, Chris Coekin y Russell Squires. Su práctica se inscribe en el ámbito de la narrativa contemporánea y se centra en cuestiones sociales, especialmente relacionadas con la identidad y el medio ambiente. Ha promovido y participado en diversos proyectos con artistas de otras disciplinas (música, teatro y literatura). Recientemente ha participado en la XXXV edición del Outono Fotográfico con su exposición individual “Viacrucis”, una reflexión sobre la angustia existencial del hombre moderno.
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